La lucha por el tiempo libre

El trabajo asalariado marca los ritmos de nuestra vida. Nuestra cotidianeidad viene determinada por la necesidad que tenemos de vender nuestra fuerza de trabajo para sobrevivir. En este contexto, nuestro tiempo deja, en una parte importante, de pertenecernos. Pero no nos conformamos, no nos sentimos dignificados por tener que trabajar 40 o más horas semanales, nos jode no poder ver más a nuestros seres queridos, no poder disfrutar de nuestras pasiones. Y es por ello que creemos que es importante potenciar una lucha por la reducción de la jornada laboral, pero no a cualquier precio, no al de los “minijobs” o la miseria de tener que encadenar dos trabajos a tiempo parcial mal pagados. Para abrir el debate, os presentamos este artículo que hemos traducido de la revista estadounidense Jacobin. No compartimos todos sus puntos de vista, pero nos parece un interesante punto de partida sobre el que empezar a construir un discurso y una práctica.

El mes pasado, el mayor sindicato alemán, IG Metall, lanzó una campaña con profundas raíces históricas. Dicho sindicato – que representa a unos 2,3 millones de trabajadores fabriles – está usando las negociaciones salariales anuales para reclamar una reducción en la semana laboral, de las 35 horas actuales a 26, argumentando que permitiría a los trabajadores, entre otras cosas, cuidar de niños y parientes mayores. Con esta iniciativa, IG Metall ha vuelto a poner en la palestra uno de temas más sagrados y tradicionalmente exitosos del movimiento sindical: el tiempo libre para los trabajadores.

El tiempo libre, como argumenta IG Metall, es esencial para una dignidad básica; para cuidar de nosotros mismos y nuestras comunidades, necesitamos tiempo más allá del que empleamos en generar ganancias para nuestros empleadores. Tan importante como esto, necesitamos realizar nuestro potencial humano. Nuestra capacidad de pensar independientemente, experimentar amor, cultivar amistades y perseguir nuestras propias curiosidades y pasiones requiere de un tiempo que es nuestro, tiempo que no pertenece ni a nuestro jefe ni al mercado. En esencia, la campaña por menos horas de trabajo trata de liberación, tanto individual como colectiva.

Sorprendentemente, hace tiempo que éste dejó de ser un punto importante en las plataformas políticas en Estados Unidos, incluso en la izquierda. Pero no siempre fue así. “La duración de los días de trabajo”, argumentan los historiadores del trabajo, “históricamente ha sido el tema central planteado por el movimiento sindical estadounidense durante sus periodos más dinámicos de organización”.

Los mártires de Haymarket estaban luchando por las ocho horas de trabajo diarias (“ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso, ocho horas para lo que queramos”, decía el lema de aquella época). Durante la Gran Depresión, en medio de una lucha laboral significativa, se llevó a cabo un intento fallido a nivel federal de recortar la semana laboral a las treinta horas. Durante décadas, el sindicalismo estadounidense vio en la lucha por el tiempo libre una demanda que podía unir a trabajadores calificados y no cualificados, a empleados y desempleados.

Hoy en día, deberíamos reclamar ese patrimonio. Reducir las horas de trabajo mientras se aumenta el nivel de vida debería ser uno de los temas centrales de la izquierda.

Las razones por las cuales esta reclamación desapareció por el camino son innumerables y complejas. El historiador Benjamin Kline Hunnicutt señala que en los EEUU la cultural de consumo de posguerra, la expulsión de los militantes radicales de los sindicatos y el impulso realizado por el capital para abrazar la idea del crecimiento económico como motor de la prosperidad, supusieron graves obstáculos que impidieron enfatizar la política del tiempo.

El auge del neoliberalismo tampoco ayudó. Generaciones de trabajadores han sido inculcadas para creer que las expresiones básicas de la humanidad pueden ser diferidas o compradas, y que trabajar duro y más tiempo es el boleto para una vida plena. Continúa avanzando por el camino laboral marcado y podrás pagar (individualmente) por un cuidado superior para tus hijos, negociar el tiempo de vacaciones, retirarte prematuramente y cobrar propiedades de inversión para dejar algo a tus herederos. Muchos sindicatos abrazaron esta nueva actitud; algunos aún abogan por un incremento de las horas de trabajo en lugar de hacer que los empleadores compensen mejor por las horas trabajadas.

Hoy en día, por el contrario, siendo la norma los bajos salarios y los empleos precarios, mucha gente, especialmente aquellos que comienzan sus vidas laborales, ya no trabajan bajo la ilusión de que dedicando más horas se consigue la llave para la dignidad y la felicidad. ¿Cómo podría serlo, si las pensiones decentes son algo del pasado o si los límites entre el tiempo de trabajo y el no laborable requieren constantes negociaciones?

En este contexto, muchos foros de la izquierda están vibrando con discusiones sobre el tiempo y la temporalidad; “capitalismo tardío”, futuros “post-trabajo” y “aceleración” se han convertido en frases familiares. Estos discursos son valiosos. Pero debido a que los objetivos reales de estas discusiones a menudo se mantienen en el ámbito de lo abstracto o lo lejano, tal retórica, por sí misma, no provee las herramientas adecuadas para una construcción de movimientos. Más si cabe, puesto que estas ideas tienden a moverse en círculos académicos u otros círculos pequeños, a menudo eluden a la mayoría de las personas que trabajan, por muy atractivas que las ideas en sí puedan ser. En otras palabras, esos viejos bribones, la teoría y la práctica, como niños gemelos corriendo en direcciones opuestas, necesitan ser reñidos y reunidos.

A corto plazo, deberíamos estar luchando por cosas como semanas de trabajo más cortas, aumento abrupto del pago de horas extra, edades menores para la jubilación, mayor seguridad social, vacaciones familiares, vacaciones pagadas, bajas pagadas por enfermedad, subsidios por hijos y años sabáticos. Todo ello apunta directamente a reducir las horas de trabajo motivadas por las ganancias y mejorar la autodeterminación de los trabajadores y sus condiciones laborales. Son objetivos tangibles y realizables sobre los que se puede construir. Y tienen la capacidad de reunir a trabajadores y desempleados. Podemos lograr el pleno empleo, por ejemplo, podando las horas de trabajo y repartiéndolas entre más trabajadores. Podemos unir al trabajador de atención domiciliaria y al pensionista expandiendo la seguridad social.

En el lado más teórico, existe una gran batalla retórica que librar sobre nociones del trabajo como fuente de significado. Y eso implica pensar más profundamente sobre el tiempo libre y cómo pasaríamos nuestras vidas en una sociedad con muchas menos horas de trabajo.

Bajo el capitalismo global, el tiempo libre es a menudo punitivo; muchas personas ya tienen grandes cantidades del mismo, desde los habitantes de los campos de refugiados hasta los parados. Y las crisis de los opiáceos y las metanfetaminas dejan claro que sin los recursos y los tejidos sociales adecuados, el tiempo libre puede ser lo opuesto a la liberación. Pero el dinero, por sí mismo, no es la respuesta. Mientras tanto, el capitalismo ha sido bastante astuto al impregnar el poco tiempo libre que tenemos con los mismos impulsos para producir y medir que asociamos al lugar de trabajo.

De forma que queda claro que sigue siendo esencial articular una visión positiva de lo que podría ser el tiempo libre y cómo podría ser financiado. Los movimientos se chocarán con un callejón sin salida sin una visión convincente de un futuro mejor; la construcción de esta visión es donde la teoría y la práctica se unen.

El momento está otra vez maduro para movilizarnos y reclamar por nosotros mismos tanto de nuestro tiempo mortal como podamos.

Como no trabajamos ya suficiente…

Por si 40 horas de trabajo semanales fueran poco, bastantes son los/as trabajadores/as que a ello le suman varias horas extra más. Ante una cultura del trabajo que fomenta el presentismo y siendo ésta una medida que beneficia al empresario/a económica y organizativamente, las horas extra se convierten en muchos empleos en una parte más de la jornada laboral. De una forma más oficiosa que oficial, muchos/as empleadores/as dan por su supuesto que cuando lo necesiten, siempre pueden exprimir un poco más el tiempo de sus empleados/as. Y algunos/as parece que lo necesitan demasiado a menudo. Por H o por B, acabamos tragando con una medida que nos quita nuestro poco tiempo libre, a la vez que se suele utilizar de forma coercitiva sobre el conjunto de nuestros/as compañeros/as.
Un estudio realizado a finales de 2016 por CCOO (en gran medida corroborado por los datos de la Encuesta de Población Activa –EPA- del tercer trimestre de ese mismo año) revelaba que el problema ya no sólo se encuentra en las horas extra en sí, sino avanzaba también que más de la mitad de estas horas extra no se pagan. Principalmente en el sector servicios y entre los/as trabajadores/as con contrato indefinido, se ha venido produciendo desde 2008 un aumento importante en el porcentaje de trabajo extra que no se remunera. Con la crisis y las reformas laborales de “socialistas” y “populares” se ha ahondado en la precariedad y la flexibilidad, que a efectos reales aumenta el miedo en el/la trabajador/a a negarse a las peticiones del empresario/a ante la facilidad del despido y las necesidades materiales en aumento de la clase trabajadora.
Al final, ya no sólo estamos hablando de un perjuicio para el/la trabajador/a desde un punto de vista económico, social o de salud, sino también de un claro fraude de cotización a la Seguridad Social (con lo que ello supone a nivel de prestaciones o jubilación para el/la empleado/a y de aumento de la plusvalía para el/la empleador/a) así como se materializa en puestos de trabajo no creados a pesar de existir una necesidad patente de trabajo por parte de la empresa. El estudio de CCOO resaltaba en este último punto que las 5,3 millones de horas extras semanales no remuneradas realizadas entre julio y septiembre de 2016 podrían traducirse en más de 150.000 empleos no formalizados.
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