El vagabundo de las estrellas

Autor: Jack London (1915). Hay al menos cinco ediciones distintas disponibles, y en algunas de ellas el título cambia al utilizar la palabra «peregrino» en vez de «vagabundo».

«Pascal dice en alguna de sus obras: “Al contemplar la condición humana, la mente filosófica debería considerar la humanidad como un solo hombre, y no como un conglomerado de individuos”».

Así comprende la existencia el protagonista y narrador de este libro al final de sus días, a un paso del ahorcamiento al que fue sentenciado por un estúpido incidente en la cárcel: como muchas historias en una sola historia. Y así nos cuenta la riqueza de la suya: como una sucesión de vidas encarnadas en distintos cuerpos.

No es necesario asumir las ideas sobre la re-encarnación del alma para comprender esa verdad, la de muchas vidas en una sola.

Darrell Standing es el protagonista, condenado a cadena perpetua y posteriormente a pena de muerte por ahorcamiento en San Quintín, a principios del siglo XX; quien se halla confinado en una celda de aislamiento y sometido a torturas crónicas. Sin el menor melodrama reflexiona a través de la única manera en la que es posible sobrevivir a tales condiciones —a saber, separando la mente del cuerpo torturado y des-poseído— sobre el misterio de la vida; y junto a ello expone una valoración mordaz, implacable, llena de ironía e incluso de humor, de la moralidad y los métodos de castigo en la época moderna.

Standing hace un repaso rápido de toda la historia de la humanidad a través de las muchas vidas que protagoniza en otros tiempos y lugares, concluyendo que jamás ha conocido crueldad tan terrible como la del actual sistema penitenciario. [El libro fue escrito en 1915]. «Ya he relatado todo lo que pasé metido en la camisa de fuerza y en la celda de castigo durante la primera década de este siglo XX después de Cristo. En la antigüedad los castigos eran más drásticos y se llevaban a cabo con mayor rapidez. Es posible que se hicieran así por puro capricho, pero, al menos, no éramos tan hipócritas. No convocábamos a la prensa, ni a los predicadores o a la universidad para que aprobaran nuestros salvajes actos. Hacíamos lo que queríamos, según nuestros propios principios, y nos enfrentábamos al orden establecido y a la censura con la seguridad que nos otorgaban nuestros propios principios, sin recurrir a escondernos detrás de las faldas de economistas, filósofos burgueses, editores o profesores al servicio de la sociedad».

Simbiosis perfecta entre ficción y realidad. Es tanto un libro sobre cárceles, como un libro de aventuras; aventuras que son las distintas vidas que el protagonista encarna en esos viajes que le permiten no morir del todo mientras está siendo torturado.

Jack London, una vez más, nos hace partícipes de sus profundos conocimientos sobre el género humano y su historia, llevando a sus personajes, irreductibles, a situaciones extremas en las que no falta el humor:

«Acabo de soportar una visita del alcaide […]. Estaba tan nervioso que no me quedó más remedio que distraerle. Me ha dicho que éste es su primer ahorcamiento. Y yo, en un torpe intento de ser gracioso, no he conseguido tranquilizarlo precisamente cuando le he dicho que también era el mío».

«Al parecer, el último día, recién acabado el desayuno y vestido ya con la camisa sin cuello [pues iban a ahorcarle], acudieron algunos reporteros a la caza y captura de las últimas palabras del condenado y se atrevieron a preguntarle por su opinión acerca de la pena capital. “Caballeros, espero vivir lo suficiente para verla abolida algún día”».

La novela, octava y última de London, está inspirada en la experiencia de su amigo Ed Morrell —que a la vez es el nombre de uno de los personajes—, que pasó cinco años incomunicado en una celda en San Quintín.

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