En cualquier caso, ningún remordimiento

Autor: Pino Cacucci. Editorial Hoja de Lata. 2013. 396 páginas

Tras acabar de leer esta novela te queda un sabor amargo, una sensación de mal cuerpo. Cierto es que es algo recurrente en toda la literatura, ya sea novelada o histórica, sobre la vida y obra del movimiento anarquista, o más bien, sobre las miles de personas que lo han conformado en todos estos años. Con sus blancos, sus negros y sus muchos tonos de gris, el anarquismo siempre ha representado, al menos en mi cabeza, esperanza e ilusión. Un punto de apoyo sobre el que tratar de construir mi vida e interrelacionarme con el resto de la sociedad, tanto en presente como en futuro. Y la lectura de nuestro pasado siempre nos conduce a la derrota, ya sea estrepitosa o acompañada de numerosas pequeños avances que hacen nuestro día a día más fácil, pero derrota al fin y al cabo. Tantas ilusiones y esperanzas que otros/as pusieron en la anarquía acabaron por romperse. Sin embargo, en esta novela, esta sensación de desazón es mucho más palpable, nos acompaña durante toda la lectura.

Las casi cuatrocientas páginas que os recomendamos abarcan gran parte de la vida de Jules Bonot, anarquista francés que malvivió en la Francia de finales del siglo XIX y principios del XX. Una época en la que el movimiento obrero francés aún se sacudía la dolorosa derrota de la Comuna de París (a lo que se sumaba a nivel global la reciente y accidentada defunción de la Internacional) y en la que se habrían nuevos caminos y realidades que cada actor de este movimiento encaró a su manera. De la sumisión total al Estado y sus necesidades de la socialdemocracia, a la huida hacia delante de parte del anarquismo que abrazó un individualismo algo camicace. Y es en este contexto en el que Jules cobró una fama inesperada y nada apetecible (si es que la fama alguna vez es apetecible) como el enemigo número uno de Francia. «Atracador y pistolero», nombre propio por excelencia del «terror ilegalista». Esta es la imagen que de él dio la prensa de la época, que explotaron junto a las autoridades en su afán de atacar al conjunto de la clase trabajadora. Lo que la novela nos muestra, más allá de esta mistificación del «criminal sin causa», es la sociedad de miseria que lo acompaña, las vidas de tantos trabajadores/as europeos que pasaban inmersas en jornadas laborales interminables, pobreza y violencia patronal. Si a eso se le suma el caso particular de aquellos que no agachaban la cabeza, que no aceptaban las hostias sin más, el cóctel ya era magnífico. Con todo ello, a lo largo de la novela vamos viendo la evolución personal y política de Jules, que camina claramente de la mano de la desesperación. Un sendero que también recorriendo muchos/as militantes libertarios de la época, un sendero con muchas sombras y en muchos aspectos autodestructivo, pero caminado por mucha gente honesta que no vio otra salida.

Como su propio nombre indica, esto es una novela y no una biografía histórica, con lo que debemos asumir que mucho de lo leemos no es más que una representación ficcionada de los hilos que se pueden seguir de la vida de Jules. Eso sí, bastante bien llevaba por el autor, que consigue que devoremos más amablemente la historia. Sin más os recomendamos la lectura de este libro, no sin antes remarcar las palabras del propio autor, que nos avisan de que, para él, no nos encontramos ante una «novela histórica», pues la Historia la escriben los vencedores, y tanto Jules como toda nuestra gente siempre perdieron.

«Un día, quizás, el mundo conquistaría una nueva consciencia, un todavía desconocido espíritu de fraternidad e igualdad. Mientras tanto, la vida se consumía y Jules había quemado una buena parte de ella inútilmente. Nunca había agachado la cabeza y a pesar de ello, ¿de qué podía sentirse orgulloso? De ser un muerto de hambre, un topista fracasado, un obrero especializado que, en cada nuevo trabajo, esperaba la llegada de la inexorable recomendación de un diligente comisario… Incluso ahora que lo habían contratado en las oficinas Berliet, ¿podía acaso contar con poder gozar del miserable salario en paz? ¿Cuánto duraría? Y el precio, una vez más, era callar y no inmiscuirse para evitar que su nombre llegase a la mesa de la gendarmería más próxima.

¿Quién vería alguna vez la llegada de una sociedad justa como la que propugnaba Malatesta?… Quizás, ni siquiera los hijos de los hijos. Y a él, Jules Bonot, no le habían concedido siquiera la esperanza de mejorar el mundo en nombre de su hijo. Porque él ya no tenía un hijo.

La imagen de Justin-Louis en brazos de Besson le provocó una punzada en las sienes. Abrió los ojos de par en par en la oscuridad para ahuyentar aquella visión dolorosa. La acción, no quedaba más que la acción.

Pero sin inmolarse, sin reivindicarla, sin servir de carnaza a los leones. Golpear a los explotadores amantes de guillotinas y de champán en lo que más querían: el dinero. No para enriquecerse, sino para restituir un poco el terror que distribuían, ilusos de estar protegidos. No con bombas sino con las armas en mano, para recuperar una parte de todo lo que sustraían a millones de desesperados como él.

O quizás solo por el gusto de la venganza, pensó en duermevela, sin buscar excusas en las revoluciones imposibles o en las luminosas sociedades de un futuro en cualquier caso demasiado lejano. Con el último atisbo de consciencia, Jules maldijo mentalmente contra el alba que lo obligaría a traspasar las verjas de la Berliet para afrontar doce horas de polvo, grasa, sudor y humillaciones.»

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