¿Corrupción política o política de la corrupción?

Tras tantos días de periódicos, radios y canales televisivos dedicados a Bárcenas y a su trabajo como gestor del dinero del Partido Popular, hemos creído importante dedicarle algo de espacio en esta publicación, o al menos utilizar la noticia como punto de partida para varias reflexiones sobre este tema. Todo este circo diario nos revuelve las tripas, pero queremos dejar claro que no pretendemos subirnos al carro del escarnio público al PP, no porque no se lo merezcan, sino porque entendemos que no hacen falta muchas más líneas para percibir que están de mierda hasta el cuello, porque tampoco nos apetece bailarle el agua al izquierdismo parlamentario en su utilización de este caso como cortina de humo de sus propias miserias, y además, porque nos parece más interesante darle un par de vueltas al concepto general de “corrupción política”. Más si cabe, cuando el y tú más es la norma en el actual panorama político, aquí pringan todos/as los/as que tienen poder y asientos, sólo hace falta ver ejemplos como el caso Barcina, los líos del PSC, los chanchullos de CIU o el historial judicial de todo/a gobernante balear; pero la cantinela siempre es la misma: los/as otros/as son siempre peores que los/as míos/as.

Partiendo de esta realidad, creemos importante empezar por preguntarnos qué entendemos nosotros/as por corrupción política y qué nos venden como tal desde los medios de comunicación. Si se atiende a los diversos noticiarios o tertulias políticas de los grandes medios, siempre se acaba por plantear la contraposición corrupción-honorabilidad política, se nos separa al/la malvado/a corrupto/a del venerable sistema político representativo, se le/la posiciona como una excepción (aunque últimamente muy generalizada) a la norma democrática; al final, un problema que tiene arreglo, a saber, más control, ya sea político o ciudadano, según quien lo preconice. Lo que no se reconoce es que esta corrupción descarada es generada y legitimada por ese mismo sistema político que estos mismos medios defienden. Yendo más allá, ¿no toda la política con mayúsculas representa corrupción? Si entendemos la corrupción como la utilización, por parte de que los gestores de una organización, de las funciones y los medios que poseen sobre la misma en beneficio propio, este concepto es fácilmente asimilable a la clara subordinación de la política de los/as arriba a los intereses de los/as de arriba, dejándose de lado las necesidades del pueblo al que se dice representar. La corrupción será más burda (o dirigida a un beneficio propio) o más sutil (dirigida pues al mantenimiento de los privilegios de quienes se hallan en la gestoría de esa organización que en este caso sería el Estado o el Capitalismo), pero será corrupción a fin de cuentas. Está claro que no todo ni todos son lo mismo, pero pretendemos que estas situaciones deleznables de robos y tejemanejes no nos lleven a perder la perspectiva, a denunciar únicamente la representación más burda de un problema más general, la corrupción intrínseca al sistema.

Para ejemplificar un poco lo que estamos tratando de explicar, podemos tomar la financiación de los partidos políticos. Lo primero que queremos reseñar sobre el caso Bárcenas es el papel secundario que se le está otorgando a este aspecto fundamental de la trama, así como el menor espacio en los medios de comunicación que tienen los/as grandes donantes de la caja B del PP. Al final, se le está dando más importancia a sobresueldos o viajes pagados a Disneyland París que a otros temas. Dejando de lado la parte legal en este asunto (pues si los problemas judiciales se agudizaran, poco se tardaría en modificar las leyes pertinentes), habría que reseñar como la financiación de los partidos políticos, ya sea la cara A o la B, no se apoya para nada en las aportaciones militantes, sino que están sustentados en gran medida por aportaciones empresariales, de inversores, créditos bancarios a largos y cómodos plazos, subvenciones públicas… La vida diaria de su política o las campañas electorales requieren de enormes fondos, llegar hasta ahí y mantenerse no sale barato, así que es necesario buscarse las habichuelas. Está claro dónde está el dinero, y ya se sabe la premisa básica del capitalismo: hacer rentables las operaciones que se acometen. Al final se consiguen favores a deber y una entrada directa al parlamento (o al ayuntamiento, asamblea de la comunidad o lo que sea) por parte de los grandes capitales, no tiene porque ser explícitamente, pero ahí están, y de ahí se derivan las prebendas que reciben, pues son ellos quienes sostienen el tinglado. Está claro que esto no es más que una simplificación llevada al extremo, que las dinámicas que se derivan del poder y de la relación política-economía son más complejas, pero no por ello esto deja de tener valor real.

Al final, esta corrupción en la política se enlaza inevitablemente con la sociedad de clases en la que estamos insertos, y puesto que nosotros/as poco tenemos, poco pintamos o pintaremos nunca en sus juegos de alto vuelo. Esto es algo que creemos importante no olvidar. Es por ello que no queremos finalizar estas líneas sin recordar uno de los gritos que se oyeron al paso por la calle Velázquez de la manifestación que el pasado 18 de julio siguió a la concentración ante la sede madrileña del PP: “Barrio de ricos, barrio de ladrones”. Sería cosa de la mala hostia del momento, o quizás no…

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