Cazadores: regulando los montes a base de tiros

El pasado febrero un nuevo titular nos recordaba que el odio al lobo ibérico sigue estando en primera plana: la Diputación Foral de Álava autorizó la caza del único lobo del que se tiene constancia en la provincia, ante la petición particular de un grupo de ganaderos. La noticia de por sí ya resultaba bastante incomprensible, pero lo era aún más sabiendo que la autorización se otorgaba mientras se estaba evaluando la inclusión de la especie en el catálogo vasco de especies amenazadas. Unos días más tarde, por suerte para el lobo alavés, el gobierno vasco anunciaba que el lobo se incluiría en este catálogo, aunque con la menor categoría de protección, la de “especie de interés especial”.

Por ser una especie emblemática y haber saltado a los medios de comunicación frecuentemente, el debate sobre la caza de lobos es bien conocido y también ha sido abordado anteriormente desde esta publicación. Por eso en esta ocasión no hemos querido detenernos sobre él, si no aprovechar para hacer un repaso a algunas otras barbaridades que el mundo de la caza nos ha regalado recientemente, así como a algunas de las respuestas que cada vez más le están haciendo frente.

La fábula del zorro y el conejo

Hace unos meses, la consejera de Agricultura, Ganadería, Pesca y Desarrollo Sostenible de Andalucía, Carmen Crespo, adelantaba algunas de las “bondades” del nuevo Plan Andaluz de Caza, que se encuentra actualmente aún en proceso de revisión. Tranquilizando a los cazadores y loando los beneficios de la actividad cinegética, anunciaba algunas medidas como el adelanto de dos meses de las órdenes de veda, el aumento de presupuesto para la renovación de cotos públicos, o la firma de un convenio con la Universidad de Córdoba para el apoyo al silvestrismo1.

Sin embargo, a la Federación Andaluza de Caza parece que el nuevo Plan se le queda corto. Recientemente, según publicaba El Mundo, reclamaban a la Consejería que permita la caza del meloncillo y que autorice el uso de lazos para cazar zorros, por considerar que hay demasiados y que han hecho disminuir las poblaciones de conejo y liebre. Vayamos por partes…

1) “que permita la caza del meloncillo…” El meloncillo es una mangosta que se encuentra protegida con el rango de especie de interés especial. Según un estudio realizado por la Consejería y la Universidad de Córdoba en 2017, no sólo no han aumentado sus poblaciones, si no que hay «una tendencia negativa de presencia del meloncillo en Andalucía, en general, y en casi todas las áreas cinegéticas en particular, en el periodo 2007-2015”.

2) “…y que autorice el uso de lazos para cazar zorros…”. Los zorros, por desgracia, están considerados especie cinegética y como tal, está permitido matarlos a tiros. Pero parece ser que esto no es tan fácil, por eso los valientes cazadores andaluces reclaman que les dejen poner lazos de alambre para su captura y muerte. El único inconveniente es que los lazos están prohibidos desde hace más de quince años por ser un sistema que no discrimina una especie de otra y haberse cargado (y continuar haciéndolo a día de hoy ilegalmente) a varios linces ibéricos, entre muchos otros animales protegidos.

3) “…por considerar que han hecho disminuir las poblaciones de conejo y liebre”. El pensamiento más obvio que se nos viene a la cabeza es: “entonces… los cazadores dejarán de matar conejos y liebres para permitir que se recuperen sus poblaciones, ¿no?”. Pues no, parece que no van por ahí los tiros. De hecho, en julio de 2019 la Junta de Andalucía aprobó una resolución para “controlar el incremento de las poblaciones de conejo silvestre y evitar así daños en cultivos e instalaciones agrícolas en zonas con presencia o alta densidad de ejemplares de esta especie”, concretamente, en 88 municipios repartidos en cuatro provincias andaluzas durante toda la temporada 2019/2020. Es decir, que hay que matar más conejos pero al mismo tiempo hay que matar más zorros para que no se coman a los conejos.

Aunque a día de hoy la legislación impida a la Federación Andaluza de Caza poner lazos, cepos, cazar meloncillos, linces o lo que les venga en gana, la elaboración de un nuevo Plan de Caza por parte de una Junta gobernada por el trifachito nos debe recordar que los impedimentos legales actuales pueden dejar de existir si bajamos la guardia, en Andalucía o en cualquier parte.

Matar animales no es regular ecosistemas

El ejemplo andaluz puede parecer anecdótico y absurdo, pero lo cierto es que el sector cinegético juega esta baza del control poblacional constantemente, y muy a menudo le funciona. Sin aportar estudios de poblaciones ni otro “sustento” que las quejas de agricultores o ganaderos según el caso (que, no lo olvidemos, son parte interesada en recibir las compensaciones por daños), presionan a la consejería de turno, si es que hace falta, y consiguen mayores permisos para la caza de unas u otras especies. El zorro siempre será un problema por comer conejos, el lobo por el ganado, los conejos por la agricultura, los jabalíes por los accidentes de carretera…

El diario La Opinión de Zamora nos regalaba hace unas semanas (en un artículo que no tiene desperdicio) otro ejemplo perfecto al publicar una detallada crónica de la última reunión de la Junta Consultiva de la Reserva Regional de Caza «Sierra de la Culebra»4. En la misma, en resumidas cuentas, se aprobaba la caza (de la de porque sí, la de matar por diversión) de 42 ciervos machos, 12 corzos y 11 lobos, además del “control poblacional” (eufemismo de matar también, pero poniendo excusa) de otros 20 ciervos macho y 60 hembras “con objeto de prevenir daños en cultivos y siniestralidad en carreteras por atropello de fauna cinegética.” Es decir, sobran ciervos pero se mata a sus depredadores naturales, los lobos. Pero lo mejor es que, al mismo tiempo, la Junta reconoce con orgullo que en los años precedentes invirtió en la “creación de pequeñas parcelas sembradas de cereal o desbrozadas para crear pastizales para los herbívoros salvajes” y “en al aporte de alimento suplementario para los herbívoros salvajes en el periodo alimenticio crítico, que es el verano-otoño: así, la guardería de la Reserva distribuyó más de 2.500 alpacas de alfalfa como suplemento alimenticio para ciervos y otros ungulados, por todos los cuarteles de la Reserva, buscando también con ello prevenir daños en cultivos” y que seguirá haciéndolo en la próxima temporada. En resumen: alimento ciervos y mato lobos – sobran ciervos – mato ciervos – alimento ciervos… Y vuelta a empezar.

Se hace evidente que el único interés de la caza es perpetuarse y extender su actividad, además de los beneficios económicos que genera y que se concentran en unas pocas manos. Nunca, en ningún caso, los cazadores van a velar por el medio ambiente, por mucho que se empeñen en pintarse de verde y venderse como los salvadores de la tierra.

Lejos de solucionar problemas, es la caza misma la que los crea. No solamente por la multitud de especies que han sido y siguen siendo llevadas a la extinción por esta práctica, si no por los desequilibrios de todo tipo que causa en los ecosistemas: introducción de especies invasoras, alteración de la estructura poblacional al cazar mayor cantidad de machos en algunas especies como los ciervos, sobrepoblación de otras al facilitarles alimentación suplementaria o eliminar a sus depredadores, además de por las sueltas de animales criados en cautividad, como perdices o conejos, que alteran a las poblaciones autóctonas y aumentan el riesgo de transmisión de enfermedades. Sin olvidar lo más básico y fundamental: estamos hablando de quitarles la vida, de matar a miles de animales.

No se trata de negar la realidad: a día de hoy todos los ecosistemas en nuestras latitudes son medios muy antropizados y hay muchísimos factores además de la caza que alteran su equilibrio natural, como pueden ser las prácticas agrícolas y ganaderas, la contaminación de aguas y suelos, o la cada vez mayor deforestación y expansión del medio urbano. Lo que hay que tener claro es que la caza es uno de los problemas, no de las soluciones, y que las soluciones existen y tienen que enfocarse de forma integral, es decir, englobando a todo el ecosistema y no a una de las piezas (una especie animal concreta) de manera aislada, favoreciendo el equilibrio entre los eslabones de la cadena trófica, mejorando los hábitats, mitigando con medidas preventivas los daños que la fauna pueda producir, etc. Cualquier otra cosa, incluyendo el liarse a tiros con todo lo que se mueva, no podrá funcionar nunca.

Echarse a la calle (o al monte)

Solo nos resta recordar que contra esto se puede y se debe actuar, y que por suerte hay muchos ejemplos que muestran que ya se está haciendo, como el boicot llevado a cabo el 18 de enero de este año contra el Campionato Galego de Caza de Raposo, una competición terrible en la que unas 150 personas se dedican a matar el mayor número posible de zorros. Ese día, manifestantes venidos de todo el Estado se dispersaron por toda la zona siguiendo a los cazadores y armando el mayor ruido posible para ahuyentar a los zorros. La competición no se canceló, pero es seguro que lograron salvar bastantes vidas.

Donde sí lograron cancelar una batida, de jabalís en este caso, fue en Benicàssim, el 14 de febrero. Varios manifestantes penetraron en la zona de la batida hasta que el Seprona decidió cancelarla por seguridad, para evitar que sufrieran algún accidente.

También desde las ciudades: como cada año desde hace casi una década, la plataforma No a la Caza convocó el domingo 2 de febrero manifestaciones en casi todo el territorio del Estado coincidiendo con el fin de la temporada de caza con galgos, denunciando doblemente esta modalidad por infringir a estos perros cada año maltratos, abandonos y muerte.

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1 Actividad que consiste nada menos que en capturar pájaros como jilgueros o verderones, entre otros, y adiestrarlos para el canto. Sí, eso existe en 2020.

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