Montañas de usar y tirar: la fiebre de la minería a cielo abierto (2ª parte: más consideraciones acerca de las luchas mineras)

En el artículo del mismo nombre aparecido el mes pasado en esta publicación hicimos un breve repaso a la situación de la minería a cielo abierto en Galicia y otros lugares y a los efectos de esta práctica para el medio ambiente y las personas. Como ya adelantamos, en esta segunda parte trataremos de abordar la otra cara de la moneda: lo que este panorama supone para los/as trabajadores/as de la minería y, de forma más amplia, para todos/as los/as habitantes de las zonas mineras, desde un punto de vista socioeconómico.

Desde que el conflicto minero resurgió y saltó a los medios de comunicación el año pasado, han surgido desde nuestros ambientes voces que extienden el rechazo a la minería (y, especialmente, a la minería a cielo abierto) a los/as trabajadores/as mineros, mostrándose en contra de cualquier tipo de apoyo a los/as mineros/as en lucha por considerarles cómplices del tremendo daño ambiental que ésta produce. Nosotras/os, a pesar de declararnos totalmente en contra de la minería a cielo abierto y siendo conscientes de todo lo que ésta conlleva, creemos que la salida no pasa de ninguna manera por demonizar a los/as trabajadores/as, y que no se puede achacar la responsabilidad a quienes, mucho más que nosotros/as desde la lejana ciudad, sufren en sus carnes las consecuencias.
Para empezar habría que señalar que cuando hablamos de la minería a cielo abierto hablamos de una realidad bien distinta a la de la minería tradicional, y una realidad surgida directamente del agotamiento de ésta. Comarcas que llevan décadas siendo totalmente dependientes de una actividad que desde su inicio tenía una clara fecha de caducidad, han visto desde hace algunos años cómo esa fecha se aproximaba: la extracción del carbón (ya de por sí de mala calidad en estos territorios, y costoso en comparación con las explotaciones de otros países) dejaba de ser rentable, y la continuación de la actividad minera pasaba a depender de subvenciones estatales. Europa pone fecha de fin a dichas subvenciones, el año 2018, y el gobierno español las va recortando cada vez más. En una situación como la descrita, viviendo en una zona donde la única salida laboral pasa por la mina (quitando alternativas individuales que puedan surgir, pero que no pueden ser generalizables) o el éxodo a la ciudad o a otras regiones, no nos cabe ninguna duda de la total legitimidad de los/as trabajadores/as para defender su único medio de vida.

La dependencia de la minería no la han creado los mineros, y cuesta creer que si tuvieran donde elegir preferirían acortar su vida y perjudicar su salud en los pozos. Por eso la cuestión a plantearse sería más bien dónde han ido a parar los millones de euros de los Fondos Europeos de Desarrollo Rural (FEDER) y MINER para la reconversión industrial de las zonas mineras y la recolocación de las personas dependientes de la minería en otros sectores. Quienes les han metido en esto son quienes ahora deberían sacarles ofreciendo una salida, y ante la ausencia de ésta, la lucha de los/as trabajadores/as del sector no sólo es legítima sino imprescindible.

Por otra parte, y sin querer relativizar esta cuestión, cabe preguntarse quién tiene legitimidad para marcar el límite que señala qué curros “valen” y cuáles no, y por tanto, qué conflictos laborales apoyaríamos y cuáles no lo merecen. ¿Trabajar para una multinacional petrolera nos hace directamente culpables de la contaminación ambiental y el expolio a los pueblos indígenas? ¿Y en astilleros fabricando barcos militares? ¿Y para Coca-Cola? ¿O depende del nivel en el que esté nuestro puesto de trabajo? Sin pretender insinuar que todo vale ni que cualquier caso sea comparable, queramos o no vivimos en el mundo en que vivimos y, especialmente según están las cosas ahora, habría que pensárselo por lo menos dos veces antes de tachar de enemigos/as a quienes puede que estén más cerca de nosotros/as de lo que pensamos.

Explotación a cielo abierto

Como decíamos más arriba, si hablamos de mineros/as, de su lucha y de su realidad, no podemos meter en el mismo saco el nuevo escenario de las minas a cielo abierto. De hecho, teniendo en cuenta que esta práctica surge como alternativa supuestamente más rentable para poder continuar con la extracción de carbón, la situación es más bien la contraria a la de las antiguas minas: mientras éstas se van desmantelando, se van ampliando en las mismas u otras zonas las explotaciones a cielo abierto.

Y como era de esperar, la mayor rentabilidad de esta técnica va de la mano con las peores condiciones de los/as trabajadores/as, contratados/as normalmente a través de subcontratas, bajo el convenio de la construcción en lugar del minero, y con coeficientes reductores de cotización más bajos que el 0,5 al que cotizan los mineros, o a veces directamente sin coeficiente.

Pero la principal ventaja de esta técnica (para el/la empresario/a) es que requiere muchísima menos mano de obra, por lo que no puede considerarse en absoluto como una alternativa para recolocar a los/as mineros/as, quienes, por cierto, lo saben muy bien y no defienden que se extienda esta práctica como forma de dar continuidad a la minería.

Para ir terminando

Que la actividad minera (de uno u otro tipo) en una comarca no se puede prolongar eternamente es algo que ni los/as mineros/as ni el resto ignoramos. El carbón o el mineral extraído, como recursos limitados que son, sencillamente se acaban, y cuando lo hacen, el impacto producido sobre el territorio permanece (a muchísima mayor escala en el caso del cielo abierto), perjudicando no solamente al medio ambiente y la salud de las personas, sino también impidiendo el desarrollo de otras actividades o modos de aprovechamiento del territorio que hubiera antes de la explotación (agricultura, ganadería, etc.). Conscientes de esto como lo son, se podría echar en cara a la lucha de los/as mineros/as la falta de reivindicaciones o posicionamientos que vayan más allá de la defensa inmediata de sus puestos de trabajo, buscando la reconversión y nuevas formas de desarrollo de la zona. Sin embargo, en nuestra opinión esta crítica, aunque pueda ser válida en muchos casos, no puede convertirse en argumento para retirar nuestro apoyo a quienes, como ya hemos repetido, no son ni causantes ni beneficiados/as de la minería, sino explotados/as en lo laboral y afectados/as en todos los demás aspectos como habitantes de las regiones devastadas por ella.

Para terminar reproducimos unas líneas que ya aparecieron hace alrededor de un año en este periódico, extraídas del texto “Rompamos el aislamiento de la lucha en la minería” (aún disponible en www.alasbarricadas.org):

Los proletarios responden defendiendo intransigentemente sus intereses y necesidades. El proletariado no puede defender sus intereses desde el aislamiento, desde el corporativismo, defendiendo su sector como algo salvable en un mundo insalvable. Para los proletarios se trata de echar abajo este dique de contención, de romper el aislamiento de las luchas, de consolidar estructuras donde organizarnos, de destruir las ilusiones reformistas, de llevar la lucha hasta sus últimas consecuencias. La situación en que todos nos encontramos es trágica y la solución no pasa por buscar una salida sectorial, la solución pasa por destruir una sociedad basada en la tasa de ganancia, en la esclavitud asalariada, una sociedad en la que la producción no posee otra base que las necesidades de valorización. Allí donde este cordón sanitario se resquebraja surge la posibilidad de que este conflicto asuma abiertamente su propia naturaleza, la de ser una expresión de un conflicto global, un conflicto que concierne a las bases mismas de un sistema basado en la apropiación de los medios de vida por el capital, un sistema donde la tasa de ganancia lo decide todo”.

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