Memoria del pueblo de Madrid. La toma de la Casa de Campo en 1931

El día 1 de mayo de 1931, tan solo diecisiete días más tarde de la proclamación de la Segunda República española, el pueblo de Madrid salió a las calles de la capital en una manifestación multitudinaria de más de 200.000 personas. Si bien algunas vivían tras dos semanas de fervor republicano una ensoñación de tiempos de transformación política y reclamaban inaplazables reformas para paliar el hambre y la injusticia social, otras muchas personas de las clases populares, aun dando la bienvenida a un tiempo en el que la monarquía y los aristócratas se habían marchado con el rabo entre las piernas, sabían que se debía declarar una acción decidida de tomar y hacer, en lugar de pedir y esperar. Ningún gobierno podría darle al pueblo más que migajas, y el republicanismo quería calmar los ánimos de la burguesía liberal demostrando que sabían asfixiar las reales aspiraciones obreras de emancipación y autonomía política.

Una historia de enajenación y cotos privados de la familia real

Actualmente la Casa de Campo es un jardín histórico y el mayor parque público en la ciudad de Madrid. Con la fundación histórica de la originaria fortaleza de Mayrit (precedente árabe de la actual ciudad creada en el siglo IX), esta inmensa zona boscosa que quedaba en el margen exterior del río Manzanares posiblemente fuese aprovechada por los habitantes debido a su riqueza agrícola, forestal y cinegética. Posteriormente, en el siglo XV, el linaje de la Casa de los Vargas se hizo con varias propiedades en esa zona. Esta familia nobiliaria construyó una casa de campo en esos terrenos, pero esta casa-palacio y todas las fincas a su alrededor fueron compradas por el monarca Felipe II. Se construyeron durante las siguientes décadas distintos jardines, estanques y zonas de caza y ocio para uso exclusivo de la monarquía hispánica de los Austrias. Esta posesión, consecuencia de la especulación de los poderosos, y retenida por la gracia divina, pasará a manos de la dinastía de los Borbones, quienes amplían el perímetro con la enajenación de nuevos terrenos y tapiarán todo el recinto para impedir el paso a cazadores y leñadores. Continuó siendo hasta el siglo XX un espacio completamente ajeno al pueblo de Madrid, con empleados de la monarquía que administraban su espacio e incluso se comercializaban productos como hielo de los pozos de nieve, resina de sus árboles, y leche, queso o mantequilla de sus vaquerías.

El pueblo madrileño reclama el espacio que le pertenece colectivamente

Ya desde el día siguiente de la huida del monarca en 1931, y a pesar de que las nuevas autoridades republicanas prometían la apertura del espacio de la Casa de Campo previa ordenación del terreno, algunos grupos, principalmente de jóvenes, saltaron las tapias del recinto para tomar lo que le pertenecía al pueblo, descubrir su lago, subirse a las copas de los árboles y revolcarse ufanos por los distintos jardines ya no tan regios. Otros madrileños sin demasiado que llevarse a la boca entraron en los siguientes días para cazar algunos conejos y paliar el hambre de las familias, y sobre todo, la inanición que sufrían muchos chiquillos.

A pesar del hambre que pasaba el pueblo, no todo podrían ser disgustos y sinsabores en la casa del pobre, se reclamaba la conquista del ocio y convertir espacios como la Casa de Campo en un inmenso bosque comunal. Es por ello que aquella fecha del 1 de mayo de 1931, tras la inmensa manifestación obrera, riadas de gente se desplazaron a la Casa de Campo. La algarabía y las paellas populares surgieron espontáneamente dentro de su recinto con decenas de miles de personas que no podían creer que aquel inmenso espacio hubiera estado en posesión de una única persona durante tantos siglos. Las clases populares madrileñas sentían que recuperaban una parte de su territorio que nunca debió de ser perdido.

El trabajo rural y la población jornalera en los pueblos: tierra y libertad

Sin embargo, esta cesión simbólica del Gobierno republicano al Ayuntamiento de Madrid de la Casa de Campo para devolverlo a dominio público y crear una zona de recreo capitalina, pareciera que podría servir de fino velo que nublase la verdadera necesidad de la inmensa población trabajadora: la posesión de las tierras de labranza. Mientras en la ciudad de Madrid se anunciaba a bombo y platillo la recuperación pública de la Casa de Campo, las regiones rurales y jornaleras del país ansiaban una reforma agraria. Si esta no llegaba urgentemente mediante legislaciones parlamentarias logradas a través de la presión social, serían tomadas las tierras no labradas de caciques y grandes propietarios, como realmente hubo de hacerse durante los siguientes años para no morirse de asco y de hambre como ya sucedía en el anterior régimen monárquico. 

La Casa de Campo tomada por el pueblo de Madrid en 1931, tan solo cinco años después sería testigo, en el contexto de la Guerra Civil española, de la conquista de sus terrenos por el ejército sublevado, y desde sus lomas la artillería franquista aterrorizaría a la población madrileña con bombardeos diarios sobre la ciudad, que levantó una resistencia antifascista en torno al lema ‘No Pasarán’ 

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